Abelardo Medellín En medio del desierto potosino, dentro de terrenos del ejido Vanegas de Abajo, tras las faldas de una loma se levantan las instalaciones, hoy aún abandonadas, del Espacio Escultórico del Desierto (EED), una promesa de concreto que, hace 18 años, se erigió con la consigna de llevar turismo y desarrollo económico a los …
Abelardo Medellín
En medio del desierto potosino, dentro de terrenos del ejido Vanegas de Abajo, tras las faldas de una loma se levantan las instalaciones, hoy aún abandonadas, del Espacio Escultórico del Desierto (EED), una promesa de concreto que, hace 18 años, se erigió con la consigna de llevar turismo y desarrollo económico a los habitantes de uno de los parajes más septentrionales de San Luis Potosí.
Hoy, la promesa y el edificio se han confundido con el paisaje. Y el abandono del complejo, las obras y los jardines, demuestra que el proyecto ha sido archivado dentro de las poco más de 16 hectáreas que ocupa el EED.

La idea del Espacio Escultórico surgió en 2008, durante el sexenio del exgobernador Marcelo de los Santos Fraga, en el tiempo que Roberto Vázquez era titular de la Secretaría de Cultura. Entonces, se tomó la decisión de aprovechar recursos federales para edificar un museo de arte contemporáneo en medio del desierto, más específicamente, a 750 metros del ramal que conecta el camino al pueblo mágico de Real de Catorce con la Carretera federal, dentro del territorio aún perteneciente al municipio de Vanegas.
La justificación del proyecto era crear un espacio artístico-natural, que sirviera como polo turístico y de desarrollo económico para los habitantes de la zona. A casi dos décadas de distancia, aunque las señales que llevan al sitio siguen en pie y se muestran sin detrimento, ni los habitantes de la zona ni los turistas frecuentan lo que queda del EED.
Para llegar al Espacio Escultórico hay que salir del ramal a Real de Catorce y cruzar a pie un riachuelo que separa el camino; cuando el EED fue entregado por el Gobierno del Estado en 2012, se rellenó el riachuelo y se improvisó un puente para que los automóviles pudieran llegar hasta el estacionamiento del sitio. A 14 años de distancia, los escurrimientos del agua de lluvia han derruido el cruce, la única opción es caminar casi un kilómetro hasta el lugar.

Tras pasar una curva y la loma que protege de la vista al Espacio, en la entrada del sitio se muestra la obra “el animal de Catorce” de Fernando González Cortazar, una escultura modular de tres cuerpos en ritmos curvos que emulan la erosión y la fluidez orgánica de las dunas mismas.
Al llegar al lugar, entre matorrales de gobernadora, se deja ver una incompleta instalación con el nombre “Espacio Escultórico del Desierto” y más adelante, se encuentra el camino que lleva al ingreso principal del complejo. A cada lado de las puertas del recinto, las lechuguillas, palmas, biznagas rojas y amarillas adornan un pasillo a desnivel con barandales oxidados que conduce al interior del obscuro museo en ruinas.

El Espacio y la dureza de su estructura interior contrastan con los paisajes que le rodean, y al mismo tiempo, cumple con el propósito pensado por el doctor en estudios urbanos y arquitecto, José Antonio Aldrette-Haas, a quien se le encargó, hace más de 15 años, el proyecto ejecutivo del EED.
Para el diseño del Espacio Escultórico, Aldrette-Haas se inspiró en el centro ceremonial de New Grange, Irlanda, un complejo megalítico con más de 2 mil 500 años de antigüedad, conformado por una serie de cuevas, tumbas y una enorme construcción circular de 90 metros de diámetro y 13 de alto.
El EED por su parte es un espacio de cuatro círculos concéntricos con un edificio de usos múltiples al centro que se mimetiza, por sus curvas y formas, con las pendientes del terreno; alrededor, los sititos de cada una de las 16 obras instaladas se interconectan a través de pasillos radiales que hoy permanecen ocultos bajo los matorrales densos.

Dentro del edificio principal, charcos de agua y vidrios rotos circundan un patio central que, antes rodeado por muros de cristal, creaba un efecto de contención frente a la naturaleza; el vandalismo recurrente al sitio ha derribado los vitrales, pero también ha destruido las puertas, las oficinas y se ha sustraído el mobiliario de los sanitarios.
Sin las paredes de cristal, el edificio principal deja entrar en sus espacios curvos un pedazo de cielo y la luz directa del medio día. Al visitar el sitio, resaltan de sobre manera las aperturas rectangulares en las paredes, éstas dejan ver, más adelante, al valle que alberga un anfiteatro con graderías de piedra rústicas que, con modestas dimensiones, emulan las antiguas galerías romanas.

Al igual que la destrucción evidente dentro del sitio, el fracaso del proyecto no es una consecuencia natural, sino una consecuencia humana, provocado por las malas gestiones administrativas y omisiones de la autoridad estatal.
Durante el primer trimestre de 2009, luego de haber recibido recursos del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta), la Secretaría de Cultura del Gobierno del Estado de San Luis Potosí solicitó a la Secretaría de Gestión Ambiental (Segam) la revisión del proyecto y la emisión de una opinión de impacto ambiental.
La Segam determinó que, conforme a la Ley Ambiental del Estado de San Luis Potosí, la obra no generaría impactos relevantes y que no era necesario someterla a un procedimiento formal de evaluación ambiental. Con base en esta opinión, la autoridad estatal inició el proceso de licitación y trasladó indebidamente al contratista la responsabilidad de tramitar los permisos ambientales.
A finales de 2009, cuando la obra estaba prácticamente concluida, la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (Profepa) realizó una inspección y detectó la ausencia de autorizaciones federales de impacto ambiental y de cambio de uso de suelo, las cuales no fueron gestionadas oportunamente. Esta omisión —derivada tanto de la falta de supervisión y la mala planeación institucional— provocó la suspensión temporal de la obra.
Adicionalmente, se señaló que el contratista limpió una superficie considerable de la zona para habilitar un estacionamiento sin autorización, lo que derivó en una amonestación, una demanda penal por parte de Profepa y la obligación de remediar el daño ambiental.
En 2011, la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat) emitió una resolución negativa en materia de impacto ambiental, argumentando correctamente que la manifestación debió presentarse antes del inicio de la obra, lo que condenó al sitio al abandono y al cierre casi total por varios años. Paradójicamente, la misma dependencia autorizó el cambio de uso de suelo, reconociendo que la competencia para evaluar el proyecto correspondía al Gobierno del Estado, criterio que validó posteriormente la Segam cuando en 2012 emitió una autorización condicionada.
Pese a los avances tardíos, la reforestación apresurada y que se logró obtener un contrato de ocupación previa del núcleo ejidal ante el Registro Agrario Nacional, el proyecto nunca se retomó, o al menos, nunca lo hizo la autoridad.
Como un reflejo de la resiliencia misma del desierto y sus habitantes, el espacio escultórico aún expone las obras imbatibles que quedaron postradas en los jardines. Obras como la de Paúl Nevine, que, aunque en los registros no tiene nombre, se presenta hoy en día como una escultura vertical de acero oxidado, que presume volúmenes prismáticos en una estructura que corta de tajo la visión del árido paisaje.

Igual de sorprendente es ingresar a “La Ventana del Asombro” de Rufino Meza, una obra escultórico-arquitectónica de piedra, que, con sus ángulos rectos, pero irregulares, construyen un recinto que puede transitarse en sus alrededores, pero también su interior, y permite con ello confirmar que, esta como el resto de las obras, busca la permanencia antes que la espectacularidad.

Aún más impresionante resulta ingresar a la instalación “Oasis azul” de Karin Waisman, un cuarto medio enterrado entre las rocas de la pendiente, rodeado en sus paredes por tubos que permiten el ingreso de la luz del sol al recinto.
Al bajar por un pasillo con escaleras, oculto entre la pared de la obra y un muro de piedra, se descubre una habitación recubierta con azulejos cerámicos de tonos azules con diseños de círculos concéntricos. La repetición del patrón azul y el hipnótico ingreso de luz a través de los tubos que perforan sus paredes, eliminan toda jerarquía y producen un abrazo envolvente del espacio. No es una obra inmóvil, es una experiencia inmersiva potenciada por la oscuridad artificial del cuarto, la tenue iluminación natural del exterior y el silencio del desierto.

Una habitación en medio del desierto, una además que solo tiene una puerta, no está exenta de las visitas esporádicas, prueba de ellas son los envoltorios de comida, las marcas de pequeñas fogatas, y los restos de ropa en el piso de “Oasis azul”.
En el EED aún se pueden apreciar, además de las más de 20 especies de cactáceas, una decena de obras, entre ellas el arbusto de tubos metálicos de Irma Palacios, las campanas de viento de Mary Stuart, la ventana metálica de Francico Castro Leñero, las escaleras de piedra de Perla Krauze, el reloj solar eterno de Emili Armengol y el simulacro de una palma labrada en acero de Yvonne Domengue.
Todas las obras y el edificio mismo, edificadas bajo la idea de integrar orgánicamente la propuesta artística de cada autor, muestran que la lógica detrás del proyecto no era entender al desierto como un vacío por llenar, sino como espacio vivo que podía ser apreciado y debía ser respetado. Aun cuando el estado y los habitantes abandonaron el Espacio Escultórico, las paredes del edificio principal se han convertido en una galería de grafitis y una serie breve de grabados con imágenes tradicionales, ceremoniales y del pueblo.





El abandono, la apropiación del espacio, la reforestación natural, el crecimiento de las biznagas y el desdibujamiento de las barreras de cristal que separaban el claustro del resto del desierto, renuevan el potencial que el arquitecto Aldrette-Haas imaginó para el EED, mismo que expresó en su artículo “Espacio escultórico del desierto Un jardín para la contemplación”, publicado en 2012; en dicha publicación, el arquitecto escribió sobre el Espacio Escultórico:
“Es posible que, como nos ha pasado a muchos que hemos entrado en contacto con este singular y mítico paraje, el visitante redescubra su vínculo ancestral con la naturaleza y tome conciencia de que somos naturaleza, y por lo tanto, que debemos detener su destrucción. Es posible que este ‘nuevo paisaje’ reavive en el visitante su ‘ente primitivo’, vínculo natural entre los hombres y antídoto contra nuestra idealizada racionalidad, esa que es responsable de enormes beneficios, pero también de los fenómenos que ahora amenazan con destruir nuestro planeta”.

El augurio de Aldrette-Haas resulta ser la única promesa cumplida alrededor del Espacio Escultórico, todo lo demás, el proyecto, el desarrollo, el polo turístico y el museo como logro de la administración estatal, son una deuda perpetua con el intruso inacabado del desierto de Vanegas.




